Duro documental realizado por Bladimir Sanchez, donde muestra la crisis humanitaria que se vive en los campos colombianos
Perteneciente al Centro de Estudios e investigaciones Sociales, busca Comunicar y difundir trabajos y documentos sobre el tema agrario
domingo, 3 de febrero de 2013
Alimentos orgánicos para los ricos, “transgénicos” para los pobres
Al terminar este año 2012 los autodenominados grandes productores de alimentos agrícolas se esforzaron como nunca en convencer al pueblo sobre la “urgente” necesidad de incursionar en el uso de la biotecnología para producir en mayores proporciones. En otras palabras, intentaron imponer su criterio de utilizar semillas genéticamente modificadas, para producir alimentos “transgénicos”.
Cuando en 1879 la luz eléctrica hizo su presencia, los más ricos aprovecharon inicialmente sus virtudes. Los más pobres no tienen hasta hoy ese beneficio en los tugurios de las ciudades y en las aldeas alejadas de nuestro continente y otros. Lo mismo ocurrió con trenes, automóviles, teléfonos y aviones. Los pobres siguen a pie.
Los alimentos transgénicos, son el primer gran invento universal destinado a los pobres, porque según se dice la población mundial está aumentando “demasiado” y los pobres son mayoría. En 1950 se contabilizaron 2.500 millones, en 1990 se duplico a 5.000 millones y este año se situó en 7.000 millones. Para 2050, seremos más de 9.000 millones. Los ricos están espantados.
La suerte está echada, los ricos van a los supermercados para comprar alimentos orgánicos y sin transgénicos. Para los pobres, se encuentran a la venta productos baratos, sin etiquetar, pero con transgénicos. Los aún más pobres reciben alimentos gratuitos con el denominativo de ayuda humanitaria, sobre todo soya y maíz transgénicos.
Hace un año, los “grandes” agricultores se comprometieron a sembrar solo entre 20 y 30% de soya transgénica, pero tras pisar y pasar, aquí estamos con la novedad de que toda la soya cultivada es biológicamente modificada. El total de un millón de hectáreas fueron sembradas con semillas transgénicas.
El escritor y geógrafo ucraniano Alex Dobrovolsky, escribió un artículo sobre los peligros de los tan propagandizados transgénicos y señala que “los ricos rechazan consumir transgénicos, destinándolos a los pobres, y esta es la señal de que estos alimentos son un fenómeno negativo y antisocial”.
Los entendidos señalan que la tecnología de los transgénicos hace que estas semillas no tengan memoria y solo sirven para la primera cosecha, pues en la segunda ya no se acuerdan de germinar. Es una tecnología “Terminator” (Exterminadora), son semillas Zombies, ya no saben si están vivas o muertas.
Estas semillas modificadas genéticamente son creadas para ser resistentes al agro tóxico, los insectos y las plagas. Cuando los campos son fumigados con glifosato, la maleza y cualquier otra planta se marchitan, pero la soya transgénica se encuentra intacta ¿Cómo ocurre?
Durante su transgenización, estas semillas recibieron, sin duda, alguna bacteria dentro de su código para que sean resistentes a los agro tóxicos, especialmente el glifosato. Las grandes transnacionales productoras de estas semillas, intentan de todas maneras convencernos de que son “alimentos”.
Dobrovolsky dice con mucha razón que si el glifosato y otros tremendamente fuertes agro tóxicos no pueden descomponer las moléculas de la planta transgénica, mucho menos podrá el jugo gástrico o el jugo hepático del animal o del hombre. Por estas sencillas razones, el organismo animal o del hombre será incapaz de absorber las sustancias denominadas “alimento” tan necesarias para la vida.
Si esto es así, los productos transgénicos tendrán como consecuencia, el hambre y sobre todo la desnutrición. Formalmente los estómagos de los pobres recibirán estos productos, pero no podrán absorberlos. Una segunda consecuencia negativa será la sobrecarga del estómago, el hígado y otros órganos cuyos jugos y fermentos no podrán descomponer las moléculas de los transgénicos, porque no pueden descomponerse.
Los agro productores que ya producen soya, anuncian que pronto lo harán con maíz, arroz y algodón transgénicos, todos resistentes a los insectos y al moho. Pero, esas semillas contienen en sus genes alguna bacteria toxica, por tanto las plantas transgénicas contienen el veneno que mata a los insectos y a las plagas bacterianas.
Es innegable que ese veneno termina siendo dañino para la salud, razón suficiente para tener la seguridad que esta tecnología infernal ha sido destinada en primer término a los pobres. Es preciso y urgente que los fabricantes de alimentos etiqueten sus productos para saber cuáles son o no transgénicos.
La población mundial, sigue creciendo y los pobres son mayoría. Un puñado de caprichosos dementes urgidos de más y más plata, siguen proponiendo, alimentos orgánicos para los ricos y transgénicos para los pobres.
Fortunato Esquivel / Barómetro Internacional
Tomado de: http://www.librered.net
sábado, 2 de febrero de 2013
Publicaciones de Interes sobre el Tema Agrario
Ley Alternativa de Reforma Agraria
Siguiendo el enlace de la parte superior, encontraran una importante publicación, sobre la construcción de una Ley alternativa para desarrollar nuevas políticas públicas en lo referente al tema agrario, cuyo origen esta en el trabajo arduo de organizaciones tales como FENSUAGRO, CUT, FSM y Vía Campesina, en Convenio con la Agencia Asturiana de Cooperación al Desarrollo, Gobierno del principado de Asturias y SoldePazpachacuti
Diagnostico situación de las y los trabajadores de Palma en el Magdalena Medio y Meta
Siguiendo el enlace de la parte superior, encontraran un estudio realizado por Rosa Ramirez Vargas, con el apoyo de Fensuagro, la Intersindical de la Agroindustria y la Alimentación, La Socialistische Solidariteit y la ABVV; el objetivo fundamental de este estudio, fue el identificar las condiciones laborales de los trabajadores palmeros y la incidencia de la subcontratación en la vulneración de sus derechos
Siguiendo el enlace de la parte superior, encontraran una importante publicación, sobre la construcción de una Ley alternativa para desarrollar nuevas políticas públicas en lo referente al tema agrario, cuyo origen esta en el trabajo arduo de organizaciones tales como FENSUAGRO, CUT, FSM y Vía Campesina, en Convenio con la Agencia Asturiana de Cooperación al Desarrollo, Gobierno del principado de Asturias y SoldePazpachacuti
Diagnostico situación de las y los trabajadores de Palma en el Magdalena Medio y Meta
Siguiendo el enlace de la parte superior, encontraran un estudio realizado por Rosa Ramirez Vargas, con el apoyo de Fensuagro, la Intersindical de la Agroindustria y la Alimentación, La Socialistische Solidariteit y la ABVV; el objetivo fundamental de este estudio, fue el identificar las condiciones laborales de los trabajadores palmeros y la incidencia de la subcontratación en la vulneración de sus derechos
La desaparición de las abejas en todo el mundo: un problema ecológico y económico
¿Debe preocuparnos la desaparición de las abejas? La respuesta es sí, y
no solo porque sea un factor desestabilizador a nivel ecológico, sino
porque también tiene su incidencia en la economía. La situación es mucho
más grave que quedarse sin miel: la mayoría de los alimentos que
consumimos, o muchas plantas que ofrecen servicios esenciales en los
ecosistemas, no serían posibles sin la polinización de estos insectos.
Insecticidas, productos químicos nocivos, hongos, parásitos,
contaminación del aire o cambio climático son algunos de los factores
que están acelerando este proceso, tal y como señalan desde Consumer.
Aunque es un hecho que viene ocurriendo desde hace medio siglo, fue en 2011 cuando, gracias a un amplio estudio del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), se destacó el hecho de que la población de abejas de la miel estaba sufriendo un descenso dramático en los últimos años. En Europa, los países más afectados son Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Holanda, España y Reino Unido. En Estados Unidos, la pérdida de colonias de abejas les ha dejado desde 2004 con la menor capacidad polinizadora de los últimos 50 años.
Su papel como polinizadoras es clave en la naturaleza y en la economía: Achim Steiner, director ejecutivo del PNUMA, recuerda que de las cien especies de cultivos que proporcionan el 90% de la comida mundial, más del 70% se polinizan gracias a las abejas. En Europa, cerca de un 84% de los cultivos vegetales comerciales y un 80% de las plantas en estado salvaje dependen de la polinización de las abejas, según la Comisión Europea. La Unión Alemana de Apicultores estima en 22.000 millones de euros anuales las ganancias que posibilitan estos y otros insectos polinizadores.
¿Por qué desaparecen las abejas?
Insecticidas: dos recientes estudios publicados en la revista Science señalan que el uso extendido de los insecticidas neonicotinoides han afectado de forma negativa a las colonias de abejas y abejorros. Estos pesticidas, introducidos a principios de los años noventa del siglo pasado, se han generalizado para el control de plagas en los cultivos de todo el mundo.
Productos químicos: diversos estudios han demostrado que algunas sustancias pueden afectar al sentido de la orientación, la memoria o el metabolismo de las abejas.
Nosema Ceranae: la presencia de este hongo en las colmenas mata a las abejas y favorece otros factores letales para estos insectos, como el ácaro parásito Varroa. Así lo señalaba un estudio de la revista Applied and Environmental Microbiology.
Parásitos: además del mencionado Varroa, otros parásitos, como un pequeño escarabajo que daña las colmenas, causarían más daños que hace décadas.
Contaminación del aire: reduce la potencia de los mensajes químicos que emiten las flores y a las abejas y otros insectos les cuesta más localizarlas, según un estudio de la revista Atmospheric Environment. Sería un círculo vicioso: si no encuentran las flores no comen bien, mientras que las flores no se reproducen al no polinizarse.
Cambio climático: podría agravar la situación de varias formas, como la alteración en el tiempo de floración de las plantas o la cantidad y época de lluvias, que afectaría a la cantidad y calidad del néctar.
Especies invasoras: abejas de otras regiones, como la africana o la asiática, se han introducido en Estados Unidos y Europa, respectivamente, y dañan a las especies autóctonas.
Campos electromagnéticos: las emisiones de postes eléctricos podrían confundir a las abejas
Tomado de: http://www.20minutos.es
Aunque es un hecho que viene ocurriendo desde hace medio siglo, fue en 2011 cuando, gracias a un amplio estudio del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), se destacó el hecho de que la población de abejas de la miel estaba sufriendo un descenso dramático en los últimos años. En Europa, los países más afectados son Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Holanda, España y Reino Unido. En Estados Unidos, la pérdida de colonias de abejas les ha dejado desde 2004 con la menor capacidad polinizadora de los últimos 50 años.
Su papel como polinizadoras es clave en la naturaleza y en la economía: Achim Steiner, director ejecutivo del PNUMA, recuerda que de las cien especies de cultivos que proporcionan el 90% de la comida mundial, más del 70% se polinizan gracias a las abejas. En Europa, cerca de un 84% de los cultivos vegetales comerciales y un 80% de las plantas en estado salvaje dependen de la polinización de las abejas, según la Comisión Europea. La Unión Alemana de Apicultores estima en 22.000 millones de euros anuales las ganancias que posibilitan estos y otros insectos polinizadores.
¿Por qué desaparecen las abejas?
Insecticidas: dos recientes estudios publicados en la revista Science señalan que el uso extendido de los insecticidas neonicotinoides han afectado de forma negativa a las colonias de abejas y abejorros. Estos pesticidas, introducidos a principios de los años noventa del siglo pasado, se han generalizado para el control de plagas en los cultivos de todo el mundo.
Productos químicos: diversos estudios han demostrado que algunas sustancias pueden afectar al sentido de la orientación, la memoria o el metabolismo de las abejas.
Nosema Ceranae: la presencia de este hongo en las colmenas mata a las abejas y favorece otros factores letales para estos insectos, como el ácaro parásito Varroa. Así lo señalaba un estudio de la revista Applied and Environmental Microbiology.
Parásitos: además del mencionado Varroa, otros parásitos, como un pequeño escarabajo que daña las colmenas, causarían más daños que hace décadas.
Contaminación del aire: reduce la potencia de los mensajes químicos que emiten las flores y a las abejas y otros insectos les cuesta más localizarlas, según un estudio de la revista Atmospheric Environment. Sería un círculo vicioso: si no encuentran las flores no comen bien, mientras que las flores no se reproducen al no polinizarse.
Cambio climático: podría agravar la situación de varias formas, como la alteración en el tiempo de floración de las plantas o la cantidad y época de lluvias, que afectaría a la cantidad y calidad del néctar.
Especies invasoras: abejas de otras regiones, como la africana o la asiática, se han introducido en Estados Unidos y Europa, respectivamente, y dañan a las especies autóctonas.
Campos electromagnéticos: las emisiones de postes eléctricos podrían confundir a las abejas
Tomado de: http://www.20minutos.es
Entrando en materia (II)
Siguiendo con la entrega, va la segunda parte de este interesante análisis
Por: Alfredo Molano Bravo
Leyendo lo que las Farc están poniendo sobre la mesa y creyendo que lo que proponen va en serio y no se trata de una pauta política electoral, hay que decir que ninguno de los puntos de la agenda agraria choca ni con la Constitución ni con tratados internacionales
Más aún, me parece que sus propuestas están muy cerca de las elaboradas por Naciones Unidas en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y en especial en El campesinado. Reconocimiento para construir país. El eje de estas coincidencias es el desarrollo de las reservas campesinas, que, como se sabe, fueron creadas por la Ley 160 de 1994, durante el gobierno de Samper. En su origen se habló de “resguardos campesinos”, o sea de territorios donde se excluyera la concentración de la tierra, e inclusive se sugería, como complemento, una forma colectiva de propiedad. Esta última idea fue suprimida dada la negativa experiencia histórica de esta modalidad de producción en el país. En cambio, el Gobierno incluyó las zonas de desarrollo empresarial. De hecho, ambas figuras implicaban territorios definidos, alinderados y homogéneos. El desarrollo de estos principios habría debido permitir la reglamentación del título XI: “De la organización territorial”. La figura de reservas campesinas recibió un apoyo inmediato del Banco Mundial y de Naciones Unidas, pese a que el generalato consideró que eran repúblicas independientes. Más aún, Uribe la persiguió y de hecho ilegalizó la del río Cimitarra. Santos le devolvió la personería jurídica. A los grandes ganaderos tampoco les gusta la figura porque impide, según ellos, la vigencia de la ley de la oferta y demanda de tierras. La realidad es que la tierra no es cualquier mercancía.
Lo nuevo de la propuesta de las Farc es la idea de que las reservas campesinas sean territorios exclusivos o regiones donde puedan funcionar como entidades político-administrativas, quizá como municipios. O, por lo menos, con una relativa autonomía, similar a la de reservas indígenas o consejos comunitarios negros de Ley 70. Ello implicaría que también se les reconociera el derecho a la consulta y al consentimiento libre previo e informado. La administración Santos afronta hoy notables dificultades en la aplicación del Convenio 169 de la OIT porque las grandes empresas tienden a desconocer los intereses de las comunidades y ponen al Gobierno entre la espada y la pared. Y más del lado de la espada. Una locomotora como la minera, con un maquinista débil —como el ministro de Minas— y custodiada por un tanque de guerra manejado por el señor Pinzón, terminará atropellando a las comunidades y manteniendo viva la guerra. Para impedirlo, el Gobierno debería contemplar en igualdad de condiciones, como es su obligación constitucional, tanto los intereses de las comunidades como los de los empresarios. Lo que es tan obvio como difícil de respetar. De ahí que sea trascendental para una paz estable que se reglamente territorialmente el uso y la tenencia de la tierra.
Hay esperanza en el acuerdo. Tanto el Gobierno como las Farc han declarado que no hay obstáculos insuperables. El verdadero problema está en la conformación progresiva y a veces clandestina de una trinca cada día más soberbia y explícita formada por el uribismo, la gran ganadería latifundista —dueña y señora de 40 millones de hectáreas— y el poder creciente de Los Urabeños —y, sin duda, de las manzanas podridas—. En el plano judicial cada parte es independiente, pero en sentido histórico convergen en el mismo punto de fuga. Ese es el verdadero reto de Santos, de las Farc y del país. El resto es carpintería y literatura.
Punto aparte.
Hace un año comenzaba la temporada en la plaza de toros de Santamaría. Hoy hay, en lugar de arena, hielo y silencio en las graderías. El reloj está parado en las 6 de la tarde. El gobierno distrital está interesado en que los niños de los barrios populares de Bogotá aprendan a patinar sobre una pista helada para que puedan ir a pasar vacaciones de invierno en Winter Park (Utah), Big Sky (Montana) o en Jackson Hole (Wyoming). Como se dice, muy anglosajón el alcalde, tanto como el nombre de la actividad actual en la plaza: “Park on Ice”.
Tomado de: http://www.elespectador.com
Se desbordaron las importaciones de azúcar en 2012
Juan C. Domínguez
Economía y Negocios
Pese a un arancel del 15 %, la revaluación ha hecho más barato comprar en el exterior.
Ante el inusitado aumento de las importaciones de azúcar, Luis Fernando Londoño Capurro, presidente de la Asociación de Cultivadores de Caña de Azúcar de Colombia (Asocaña), pidió al Gobierno poner en marcha cualquier medida de salvaguardia comercial.Entre otroas, podrían ser un incremento a los aranceles o el cierre temporal de las importaciones, destacó el dirigente.
“Se trata de la mayor importacion de azúcar en la historia de esta agroindustria colombiana”, recalcó, al estimar en 310.000 toneladas las compras colombianas del endulzante en el 2012.
Londoño destacó a la revaluación del peso frente al dólar como el mayor culpable de que se haya presentado esta escalada de compras que comenzó en el 2004, cuando apenas eran de 37.853 toneladas, mientras la producción nacional sumaba 2,7 millones de toneladas.
Desde ese año, la producción azucarera ha caído 12,3 por ciento, mientras que las importaciones se han incrementado en 64,7 por ciento
Ahora, en el mercado azucarero se reconocen tres tipos de importadores: en primer lugar, los mayoristas, quienes colocan el producto en las centrales de abastos y plazas de mercado; le siguen los agroindustriales, que demandan el producto como materia prima, para la fabricación de todo tipo de alimentos dulces.
En tercer lugar, está el comercio en general, como las grandes superficies y las cadenas de supermercados.
Vale la pena destacar que en Colombia cualquier persona natural o jurídica puede importar azúcar, sin restricciones.
En cuestión arancelaria para el endulzante, en Colombia funciona el llamado Sistema Andino de Franjas de Precios (SAFP), mediante el cual se protege la producción local incrementando los aranceles cuando el precio internacional baja, y viceversa, con la intención de que resulte de paridad importar o comprar la producción nacional.
Sin embargo, reconoció el presidente de Asocaña, la revaluación ha sido tan dañina para el sector azucarero, que –pese al arancel– sigue siendo barato comprar en el exterior, obviamente en detrimento de las ventas de los ingenios colombianos.
Precisamente, estas cayeron 6,2 por ciento en el 2012 frente a las del 2011, al bajar de 1,405 billones de pesos a 1,318 billones.
“En el pasado Consejo Gremial le dimos un campanazo de alerta al Gobierno por los efectos nocivos de la revaluación, en espera de que hoy el banco central decida comprar más dólares y aumentar sus reservas”, concluyó Londoño Capurro
Tomado de: http://www.portafolio.co
viernes, 1 de febrero de 2013
Zonas de Reserva Campesina
GeoRaizAL: seminario de Geografía crítica.
Mesa: Territorialidad, espacio y poder en América Latina
Mesa: Territorialidad, espacio y poder en América Latina
Universidad Externado de Colombia-Universidad Nacional de Colombia.
Bogotá, Septiembre 28 y 29, 2011
Dario Fajardo
Bogotá, Septiembre 28 y 29, 2011
Dario Fajardo
Experiencias y perspectivas de las zonas de reserva campesina
En
esta ponencia se presentan algunos elementos básicos sobre las zonas
de reserva campesina establecidos en la ley 160 de 1994, a partir de
algunas referencias básicas a las experiencias en su organización y sus
posibles alcances dentro de la perspectiva de las territorialidades para
la vida propuesta para este seminario organizado por GeoRaizAL.
Un
observador desprevenido del encuentro campesino realizado en
Barrancabermeja Santander, a mediados del año 2011, posiblemente le
sorprendería advertir los carteles de varias organizaciones campesinas
pidiendo la creación de una zona de reserva campesina en su territorio.
En un evento similar realizado hace tres años, en la misma ciudad,
también se pudieron observar estas peticiones. Este observado se
preguntaría: qué son las “reservas campesinas?”, interrogantes que nos
llevan a indagar entre muchas cosas por su historia.
De
entrada hay que decir, que si bien la figura está consignada en la ley
vigente de reforma agraria (160 de 1994) y existe un Comité de impulso
de las zonas de reserva Campesina, en el que participan representantes
de varias de estas iniciativas, su promotor más activo en estos dos
encuentros ha sido la Asociación Campesina del Valle del Río Cimitarra
(ACVC), cuya gestión ha que permitió la constitución de la Asociación de
Zonas de Reserva Campesina.
La ley
160 de 1994 estableció el Sistema Nacional de Reforma agraria y dentro
de ella, en su capítulo sobre colonizaciones definió escuetamente como
zonas de reserva campesina: “Las zonas de colonización y aquellas en
donde predominen los baldíos son ZRC” y señala que el entonces Instituto
de la reforma agraria, INCORA, establecería las nomas y condiciones
para la adjudicación de tierras en ellas. Posteriormente y por demanda
de las movilizaciones se estableció la reglamentación de las mismas,
abriendo la posibilidad de que se las declarara no solamente en áreas de
baldíos sino en otros espacios de acuerdo con las necesidades sociales.
Esta
figura territorial, en efecto, ha sobrevivido grandes y graves
persecuciones y, tal vez por eso mismo posee un significado especial
para muchas organizaciones de las gentes del campo. Digamos por ahora,
que fue incorporada en esa ley como propuesta de los colonos,
reglamentada y puesta en marcha por presión de marchas campesinas y casi
ahogada por la persecución del gobierno anterior y de algunas de sus
autoridades militares. Añadamos que la Asociación Campesina del Valle
del Río Cimitarra recibió hace dos años el Premio Nacional de Paz, que
permite plantear su experiencia organizativa como ejemplo de gestión de
territorialidades para la vida y la paz.
Los antecedentes
La figura tiene un ya largo recorrido: una atenta historiadora, Martha Herrera en su disertación doctoral Ordenar para controlar[1]
estudió los desarrollos del estado colonial para sojuzgar las
comunidades de la Nueva Granada y encontró, dentro de las formas de
resistencia de las comunidades las “rochelas”, territorios habitados por
indios, mestizos, cimarrones y blancos pobres, libres de la
administración española; estos asentamientos autónomos convivieron con
los palenques de los negros fugados y habrían de retomar su sentido en
los núcleos campesinos, “baluartes”, establecidos en las tierras al
margen de las haciendas, ya en los primeros decenios del siglo XX.
En
esos años iniciales del siglo pasado la economía colombiana vivía las
nuevas condiciones de su inserción en la economía mundial con precios al
alza de su principal exportación, el café, e inversiones crecientes de
capitales extranjeros en otros rubros de producción agrícola, en
particular el banano y la extracción de petróleo; en las antiguas
haciendas se endurecieron las relaciones entre los propietarios y los
arrendatarios y otros trabajadores vinculados a ellas, al tiempo que
entró a cuestionarse la legalidad de la ocupación de las tierras en
muchas de ellas, lo que condujo a extendidos enfrentamientos entre los
hacendados y los campesinos que alegaban su derecho a recibir títulos de
las tierras que venían trabajando como baldíos de los que venían
apropiándose los hacendados.
Hasta
entonces las políticas de tierras del estado colombiano habían oscilado
entre el favorecimiento a la gran propiedad para requerir a cambio a los
beneficiados inversiones en vías o el estímulo a la mediana propiedad
para impulsar la formación de asentamientos campesinos. Ante las
magnitudes de las usurpaciones de tierras por las haciendas y el
endurecimiento de los conflictos agrarios, a finales de 1928 el gobierno
dictó el decreto 1110 dirigido a establecer colonias agrícolas para
asegurar tierras a los campesinos.
Esta
medida dio piso legal a los asentamientos de colonos que se habían
iniciado en las tierras en disputa con las haciendas y habrían de calar
en la formación de la cultura política campesina[2].
En esos mismos años, como lo atestiguaron los trabajos de Orlando Fals
Borda en los lomeríos del interior de la costa Caribe[3]
los campesinos intensificaron la defensa de las tierras contra las
presiones de los hacendados criollos y los inversionistas
norteamericanos, dando paso a la creación de espacios de comunidad,
llamados “baluartes”, en los que se configuraron experiencias de
organización, educación y organización con notables liderazgos de
mujeres.
Las
tensiones en torno a la modernización de la sociedad y la economía
colombianas condujeron a una profunda crisis política a finales de la
década de 1940; su desarrollo tomó el curso de una larga guerra civil
resuelta por las élites con la imposición de un sistema político
bipartidista y excluyente y el afianzamiento de un régimen agrario
favorable a la gran propiedad. Durante la guerra, algunas comunidades
campesinas organizaron territorios para su protección en áreas aisladas
de las cordilleras, a las que denominaron “zonas de autodefensa
campesina”; no obstante para ese entonces los Estados Unidos comenzaron a
desplegar en Colombia la aplicación experimental de una estrategia
contrainsurgente que fue conocida como “Plan LASO”: los territorios
campesinos, señalados como “repúblicas independientes”, fueron el blanco
de las acciones militares, respondidas con la formación de
organizaciones insurgentes armadas, con todo lo cual se inició la fase
actual de la guerra en Colombia[4].
A
comienzos de los años 1980, en medio de los diálogos de paz establecidos
por el Presidente Belisario Betancur, surgió un acuerdo entre el
gobierno, los colonos y la insurgencia para poner en marcha un programa
de desarrollo local en el río Caguán, en el departamento de Caquetá. El
acuerdo conllevaba un cese al fuego bilateral, la atención del estado
para estabilizar la colonización y el compromiso de los colonos de
asumir prácticas productivas amigables con el medio ambiente; no
obstante, la terminación de los diálogos interrumpió el acuerdo, cuyo
desarrollo fue documentado en un estudio pionero de la Universidad
Nacional sobre los procesos recientes de la ocupación del bosque húmedo
en Colombia[5].
A
finales de esa década y en medio de una investigación sobre la
colonización de la Serranía de la Macarena, al norte del Caguán[6],
el sociólogo Alfredo Molano recogió una propuesta de los colonos al
gobierno para darle continuidad a esa experiencia. En ese momento ya se
extendían sobre la región las acciones de terror del paramilitarismo
dirigidas a desplazar a las comunidades de colonos; ante esa amenaza las
comunidades pidieron la protección del Estado a través de la titulación
de las tierras que ocupaban en medio de la reserva natural, para
acordar con el gobierno programas de asistencia técnica productiva; por
su parte, la comunidad se comprometía a realizar impulsar
organizadamente un manejo adecuado del bosque, la fauna y los suelos.
La
propuesta se concretaría en la organización de las que entraron a
llamarse Zonas de Reserva Campesina; fue incorporada en la ley 160, de
reforma agraria, bajo la figura de zonas de reserva campesina, con el
compromiso del estado de atender las necesidades de desarrollo agrícola
de las comunidades. Poco después y bajo la presión de algunas
movilizaciones campesinas en demanda de atención estatal el gobierno
reglamentó la ley en lo referente a las Reservas a través del decreto
1777 de 1996 y el acuerdo del 24 de noviembre de ese mismo año y
estableció las primeras de ellas, con carácter piloto, con la estrecha
participación de sus organizaciones y la financiación del Banco Mundial
como apoyo al proceso de paz[7].
En
desarrollo de un proyecto piloto se establecieron las reservas de El
Pato (San Vicente del Caguán, Caquetá), con 1.500 familias, 38 veredas y
111.000 hectáreas; Calamar (Guaviare), con 450 familias, 11 veredas y
40.000 hectáreas y Cabrera (Cundinamarca), con 850 familias, 17 veredas y
44.000 hectáreas.
A
pesar de su corta duración, entre 1999 y 2002, el desarrollo de las
primeras experiencias con esta figura territorial permitió apreciar la
incidencia de la historia de cada comunidad en la configuración de cada
reserva, así como su potencialidad para estimular iniciativas de las
organizaciones campesinas para identificar y jerarquizar problemas,
plantear, gestionar y evaluar soluciones para los mismos.
Una de
las comunidades con mayor experiencia en gestión política, la de Calamar
en el Guaviare, potenció sus estructuras organizativas pre-existentes,
las Juntas de Acción Comunal (o Juntas de colonos en el caso de la
reserva de El Pato, Caquetá) y la organización de segundo nivel, las
juntas interveredales, para llevar al Concejo municipal a través de sus
representantes, el plan de inversiones o “plan de desarrollo rural”. La
propuesta correspondía al plan con el que había sido reconocida la
reserva campesina. Estas primeras experiencias fueron evaluadas por la
Universidad Javeriana.
Las
reservas así organizadas tuvieron una corta duración. Al terminar este
nuevo proceso de paz, el gobierno señaló a las organizaciones
responsables como aliadas de la subversión, judicializando y
encarcelando a sus dirigentes. Los proyectos que se adelantaban en ellas
fueron suspendidos y en el caso de la Reserva del Río Cimitarra, por
decisión del presidente de la república y del ministro de agricultura,
celosamente aplicada por el mando militar local se pretendió revocar su
constitución.
Sin
embargo, la organización, constituida como Asociación Campesina del
Valle del Río Cimitarra continuó impulsando sus principales proyectos
relacionados con el fortalecimiento de su base económica, la
sustentación económica de la solidaridad y el abastecimiento
alimentario. La reserva comprende 134 veredas de cuatro municipios con
una población de 35.800 personas.
Colateralmente
ha continuado el desarrollo de su fortalecimiento político dentro de
las comunidades que la componen, con otras organizaciones campesinas, en
particular con las relacionadas con las reservas campesinas y con
organizaciones del exterior como Vía Campesina.
Mirando hacia adelante
En el
contexto inmediato es necesario apreciar dos tipos de señales en la
política agraria: de una parte, la discursiva oficial con referencias
insistentes a la preocupación del gobierno en torno a la restitución de
tierras a las víctimas del desplazamiento forzado y la titulación masiva
de predios como medida para frenar el desplazamiento forzado.
De
otra, las líneas de la política agraria planteadas establecidas en el
Plan de desarrollo y contempladas en la “locomotora” agraria, las cuales
insisten en la priorización de los “cultivos promisorios” del gobierno
anterior, el impulso a las “Áreas de desarrollo rural”, así como la
perspectiva de la empresarización como única alternativa para los
campesinos.
La
propuesta de las “Áreas de desarrollo rural” contempla la focalización
de inversiones en espacios relativamente homogéneos y contiguos, en los
cuales se trataría de “racionalizar” el gasto público, estimular la
inversión privada, afianzar la descentralización y consolidar la
“seguridad democrática”.
Como parte de la estrategia de desarrollo agrario se articulan varias propuestas:
- Las “alianzas productivas”, con pobres resultados para los campesinos, de acuerdo con la evaluación del gremio de los empresarios palmeros FEDEPALMA
- La “palma campesina” del programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, que impulsa los contratos de venta de los frutos de palma producidos por campesinos a las empresas procesadoras. Esta iniciativa se ha tratado de contraponer a la propuesta de la Reserva Campesina en marcha adelantada en el valle del río Cimitarra
- La propuesta de establecer reservas campesinas en la región de Montes de María, en medio de una zona de consolidación y de los extensos terrenos adquiridos por empresarios para distintos desarrollos agrícolas y mineros. Para poner en marcha esta propuesta el gobierno está estableciendo una organización campesina “ad hoc” dispuesta a actuar dentro del marco de la zona de consolidación y de las condiciones que fijen los empresarios, según lo manifestó uno de sus dirigentes.
Conclusiones
Genera
preocupación esta iniciativa al tener en cuenta la información de la ONG
CODHES según la cual “de un total aproximado de 280 mil personas
desplazadas en 2010, el 32.7%, es decir 91.500, provenían de las
llamadas zonas de consolidación[8].
Se han
configurado entonces dos propuestas: de una parte, la construida por
comunidades campesinas a lo largo de nuestra historia, en condiciones
siempre difíciles y generalmente bajo las presiones de la guerra. De
otra, la dominada por la gran propiedad, apoyada por el estado y hoy
inscrita en la tendencia hacia la llamada “relocalización de la
agricultura a escala mundial”.
No
quiero dejar de lado algunos resultados incipientes del programa de
investigaciones de la Universidad Externado de Colombia, los cuales
ilustran las dos propuestas: de una parte, el estudio de Liliana García
sobre la Reserva Campesina del valle del río Cimitarra y sus
experiencias en proyectos de producción para el abastecimiento
alimentario y el afianzamiento territorial de las comunidades; de otra,
la de Laura Escobar sobre la implantación de un complejo agrícola y
pecuario en tierras usurpadas a las comunidades del Bajo Atrato, entre
Antioquia y Chocó, con acciones ejecutadas por el ejército con apoyo
paramilitar, para establecer plantaciones financiadas con fondos
estatales y e la cooperación internacional.
Sobre
las perspectivas de las reservas campesinas como “espacios de vida”
gravitan, de una parte las tendencias mencionadas con las cuales se
identifican en términos generales las fuerzas del capital transnacional y
el empresariado del país.
De otra
parte, los propios desarrollos de la economía mundial que hacen
inciertos los mercados de alimentos con los que se suplirían los
mercados nacionales hoy afectados por el desabastecimiento causado por
la guerra y por las crecientes importaciones a las que ha debido
recurrir Colombia.
Ante
estas incertidumbres, el eventual afianzamiento de las economías
campesinas tendrá que nutrirse de un mundo rural aún pujante y
difícilmente sustituible en una economía a la cual se diagnostica una
crisis de largos alcances.
Cuentan
a su favor la persistencia y el arraigo de las comunidades campesinas,
sus capacidades de articulación a los mercados y como condición
obligatoria, cambios en las correlaciones de fuerzas que permitan
confrontar con éxito las asimetrías en las que se ha sustentado nuestro
“modelo de desarrollo”
[2] Laura Varela M., Yuri Romero P., Surcando amaneceres. Historia de Los Agrarios de Sumapaz y Oriente del Tolima, Universidad Antonio Nariño, Bogotá, 2007; Laura Varela M., Deyanira Duque O., Juan de la Cruz Varela entre la historia y la memoria, Universidad Antonio Nariño, Bogotá, 2010; Rocío Londoño B., Juan de la Cruz Varela. Sociedad y política en la región de Sumapaz (1902-1984), Universidad Nacional de Colombia, Bogotá. 2011
[3] Orlando Fals Borda, Retorno a la tierra. Historia doble de la Costa, (tomo IV), Carlos Valencia Editores, Bogotá,1986
[4] Diego Otero P. El papel de los Estados Unidos en el conflicto armado colombiano. De la doctrina Monroe a la cesión de siete bases militares, Ediciones Aurora, Bogotá, 2010
[5] Jaime E. Jaramillo, Leonidas Mora, Fernando Cubides, Colonización ,coca y guerrilla, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1986
[6] Alfredo Molano, Darío Fajardo, Julio Carrizosa, Fernando Rozo, Yo le digo una de las cosas…La colonización de la reserva de La Macarena, Fondo FEN Colombia/Corporación Araracuara, Bogotá, (s.f.)
[8] CODHES, Boletín Informativo N°77. Bogotá, 15 de febrero de 2011Tomado de: http://www.georaizal.org
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